Reflexiones sobre La dama del alba

Reflexiones sobre la dama del alba

Alejandro Casona

 

La Dama del Alba es una obra de teatro costumbrista, si bien no debe por ello asumirse que sea carente de ingenio o de elementos dramáticos de gran interés. Está ambientada en lo profundo de los valles de Asturias, en concreto en el preciso lugar de nacimiento del autor, como así lo reconoció él mismo y aunque no se especifica en los diálogos. En esto se enmarca en una línea del teatro español contemporáneo a Casona que sitúa la trama en un ámbito rural de la España profunda de la primera mitad del siglo XX, en un intento de vincular modernidad y autenticidad en las voces mismas de los habitantes anónimos de esos lugares, como si ellos fueran transmisores directos de lo más legítimo de la esencia de lo español, o lo andaluz, o lo castellano o, como es el caso de esta obra, lo asturiano. Ese ánimo de recuperar la autenticidad en el descubrimiento de la sociedad olvidada. En ello, se nos antoja vincular La Dama del Alba con la intensa inspiración que la Institución Libre de Enseñanza produjo en Alejandro Casona que, sin duda, perfiló su estilo artístico. Y similar reflexión nos atrevemos a hacer sobre el impacto de sus años recorriendo pueblos y ciudades, abriendo las fronteras del teatro al público más remoto.

Es costumbrista, tradicional, pero también es una obra, en su estilo, innovadora. La vida dura y real se codea con la ficción a través de La Peregrina, es personaje que entra y sale de la intimidad de la familia con una fluidez que sólo una personificación del viento se le puede asemejar. La Peregrina representa la muerte en el cuerpo de una bella mujer, dotada de la sensibilidad de una mujer, incluso, aunque por accidente, de sus sentimientos y de la conciencia del amor. Pero es también un ente leal a su destino, cumplidora puntual de su tarea entre los vivos. Casona personifica la muerte no desde un prisma trágico, indeseable, no. La Peregrina es parte del espacio doméstico, durante un tiempo por definición limitado. Ella aparece, se presenta, se sienta entre los miembros de la familia, los observa, los ama, y se marcha pacíficamente cuando ha cumplido su cometido o cuando no tiene cometido que cumplir. En el desenlace de la obra, La Peregrina toma partido fundamental en la resolución de la trama. Podemos decir que la muerte contribuye al final feliz de la historia. Lo hace no desencadenando el desenlace que Casona hace sospechar al lector desde el final del Acto Segundo en el fino, casi sentimental, diálogo entre La Peregrina y El Abuelo:

-¿Cuándo tienes que volver?

-Mira la luna; está completamente redonda. Cuando se ponga redonda otras siete veces volveré a esta casa. Y al regreso, una hermosa muchacha, coronada de flores, será mi compañera por el río.

Es un momento de exquisita belleza escénica. El número siete, tan mágico y frecuente para el autor, marca el tiempo ficticio de la historia: en siete lunas ocurrirá el trágico desenlace. Pero no sabemos aún sus circunstancias. La Peregrina tampoco lo sabe, sólo sigue el destino marcado en su libro, pero es parte de la vida que transcurre el no prefijar los pormenores del desenlace inevitable. Es un canto contra el determinismo, contra la creencia de un destino prefijado contra el que nada cabe hacer, inalterable. El transcurso de la obra dispone los elementos de un final destructivo, propio de una tragedia clásica, pero no ocurre como prevemos.

Un intenso Acto Cuarto, con el retorno de La Peregrina a la casa familiar, desvela la sorpresa de un desenlace inesperado. Surge el amor pasional entre dos de los personajes centrales, Martín y Adela, y surge el debate del sentido de la muerte como solución para la felicidad. Muerte que abre el camino a la vida.

La Peregrina mantiene con El Abuelo un diálogo directo, respetuoso y sincero. Él le pide que no se lleve a Adela esta vez como hizo con Angélica, a quienes todos creen ahogada en el río y desaparecida. La Peregrina le desvela que ella no se llevó a Angélica, pero una joven ha de irse con ella. También desvela que no será ninguno de sus nietos. Este momento desvela al lector que el desenlace no es el sospechado.

Por sorpresa, aparece Angélica, que retorna arrepentida de su vida tras haber huido con otro amante y dejar detrás a su marido y familia, cuatro años atrás. En la casa, sólo La Peregrina ocupa la escena. Ella y Angélica entablan un diálogo definitivo y de una profundidad en la que Casona deja entrever su propia persona y conciencia. La Peregrina convence a la esposa infiel huida e hija añorada de que su mala acción le ha cerrado el paso al amor familiar. Con dureza La Peregrina le dice a Angélica:

  • Ahora ya es tarde. Tu sitio está ocupado.

Y con crueldad le insiste:

  • ¿Conoces esa labor?
  • Es la mía. Yo la dejé empezada.
  • Pero ahora tiene hilos nuevos. Alguien la está terminando por ti.

La solución la sirve La Peregrina con suavidad, a pesar del dramatismo que encierra:

  • Angélica: (vencida) ¿A dónde puedo ir si no…?
  • A salvar valientemente lo único que te queda: el recuerdo.
  • ¿Para qué si es una imagen falsa?
  • ¡Qué importa, si es hermosa! La belleza es la otra forma de la verdad.

Entretanto, los miembros de la familia festejan San Juan alrededor de las hogueras. Martín y Adela hacen público su amor. La familia se recompone en su lucha por superar el vacío dejado por Angélica en una nueva fase que creían imposible hace unos meses. Al retornar a la casa, ya nadie está en ella. Voces de gentes alarmadas traen el cuerpo sin vida de Angélica que han hallado en el río. Casona acude a la superstición popular, siempre dispuesta a elaborar una explicación sencilla a los misterios: el agua ha mantenido incorrupto el cuerpo durante cuatro años, las mujeres gritan ¡Santa!… ¡Santa!… ¡Santa!…  La Madre lanza un grito desgarrado de dolor y júbilo.

 Y es éste el punto final con el que Casona borda su intención en la obra: el doméstico maridaje entre vida y muerte, entre desnuda verdad y belleza del recuerdo, entre el arraigo a la dura realidad y la superstición, entre la memoria del pasado y la incertidumbre del porvenir, la íntima relación entre el dolor y el júbilo, todos ellos elementos que configuran la existencia de los hombres y mujeres en un juego sin una dimensión única.

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Feliciano González

Feliciano González

Mi creación artística gira entorno a la pintura, la poesía y la novela.

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