Malasanta

Malasanta. Antonio Tocornal

He concluido mi lectura de Malasanta, pero no puedo evadirme del mundo que Antonio Tocornal ha creado. En seis etapas el relato nos arrastra por toda una vida, desde un nacimiento en 1969 hasta una muerte violenta en 2019. Una mujer es el único vínculo constante a lo largo de medio siglo. Se trata de lo que la vida hace de Malasanta, o lo que Malasanta hace de la vida, una unión no elegida, un recorrido vital con escasas alternativas, como si los márgenes del destino hubieran sido precocinados por una fuerza invisible, la del destino, pero a su vez tangible, descarnada. Si algo puedo resaltar de esta historia es el aire; el lector, ante todo, respira cada diálogo, cada descripción de la realidad se abre a los sentidos a través de un lenguaje claro, determinante, preciso, obsceno, que no excluye la ternura y el amor, aunque el amor se presente como una paradoja en el discurso de los acontecimientos.

Intento comprender la intención de la novela, el sentido de la herida poética que produce, y trato de compilar la relación de comportamientos, escenarios, actitudes, encuentros y desencuentros, que los personajes, ¡tan humanos!, tan nosotros mismos, despliegan con ritmo delirante en cada página. La distancia entre la esperanza y la desesperación es mínima, se disuelven como parte de una misma realidad. El desprecio y la compasión, el abuso y el amor, el placer y el crimen, la fortuna y la miseria, no son dicotomías ni dilemas morales, son palabras de una misma larga sentencia, la de la vida que, sin más, ocurre. Al dejarse llevar por los relatos de la vida de Malasanta se experimenta el odio, la lástima, el amor, la solidaridad, la rabia y, ante todo, se experimenta una conciencia que se amplía para entender la complejidad del mensaje del autor. ¿Es Malasanta una novela de ficción? No cabe duda de que cada una de las historias relatadas lo es, la línea completa de vida que comprende, en cambio, no, o, al menos, no lo es del todo. Antonio Tovar nos ha dado una alerta, una llamada de atención a bocajarro sobre el significado de la vida, de quiénes somos en nuestra individual superficie y en nuestros adentros, nos reclama que no respondamos al horror con complacencia, que no sea la tolerancia pasiva nuestra máxima. Es por ello que creo que Malasanta es una novela cargada de humanismo, de compromiso y rebeldía frente a lo inevitable. Es tan real que hasta los detalles más escalofriantes pueden no resultarle novedosos al lector. Tal es el universo mediático en que vivimos hoy en día, vulnerables al bombardeo de la deshumanización constante. Quizás por ello, no es labor sencilla deslindar la ficción de la novela con nuestra particular visión de la realidad. Haría falta una alta dosis de hipocresía para pretender situarse en los márgenes externos del relato. El autor nos hace un hueco en su historia, huéspedes de lo que en ella ocurre, y, en ese tenso discurso de la lectura, perdemos la noción fronteriza entre la realidad y la ficción.

Malasanta no es una obra que decore el lenguaje, se expresa sin tapujos retóricos, no endulza lo que debe expresar, las palabras son dardos precisos e imprescindibles. Ese estilo imprime al relato una fuerza embaucadora y una rapidez de vértigo. Hay que abandonarse hasta convertirte en una sombra más de la escena, compartir el latido que proyecta hasta que el capítulo pone un punto final, que nunca es neutro. Hay que reposar emocionalmente un instante antes de dar el paso hacia un nuevo decenio en la vida de Malasanta. Y esta pulsación es producto conjunto de ese estilo narrador y de la técnica de urdir una historia que es una vida completa.

Estructurar la historia en decenios permite identificar cada capítulo con una etapa de la vida de una persona, el nacimiento, la primera infancia, la adolescencia, la madurez, la ancianidad prematura. La transformación física y psicológica de Malasanta, a golpes de experiencias personales adversas, es el hilo conductor, la particular fuerza del sino que carga sobre sus hombros. El resto de quienes intervienen en algún momento son sólo anécdotas ocasionales a través de las cuales una nueva experimentación penetra la piel de esa mujer hasta hacerse parte endurecida de la misma. Avanzamos la historia observando impotentes su recorrido por la vida, turbados por el avatar de desenlaces que van madurando y se dotan de cierto frescor de esperanza, hasta que explosionan de nuevo. Entonces pasamos la página para iniciar otra etapa de su vida. La acción no se permite un solo reposo, es un relato impaciente, como si persiguiera una solución, como si todos quienes se reflejan en ella fueran eslabones de una cadena de supervivencia acelerada.

Malasanta es una novela de las que deben anotarse en el historial de lecturas de quien ama la literatura, un magistral esperpento, un referente en nuestra narrativa actual. No me cabe duda de que así será considerada esta obra de Antonio Tocornal durante muchos años.

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Feliciano González

Feliciano González

Mi creación artística gira entorno a la pintura, la poesía y la novela.

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