Reflexiones improvisadas para una cuarentena. Gozos y Desgracias.

Reflexiones cuarentena

Comienzo en esta sección de opinión la publicación de una serie de breves ensayos, reflexiones, que he venido compilando durante estos últimos casi dos años. Irán apareciendo nuevas entregas periódicamente en esta página, esperando animar un activo debate entre quienes se adentren en su lectura.

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Gozos y Desgracias

 

Gozos y Desgracias. El gozo placentero en medio de la dura adversidad es una sensación difícil de describir. El impacto de un hecho desgraciado o de una circunstancia emocionalmente incómoda es grave, intenso, indeseado. Provoca un desequilibrio en el discurrir normal del flujo de sentimientos y percepciones que componen la vida ordinaria de cualquier persona cabal. Nadie es ajeno al sufrimiento cuando un acontecimiento determinado, especialmente si se manifiesta por sorpresa, llega revestido de esos elementos que producen en nuestro más íntimo tejido emocional un dolor psicológico. Ya sea porque lo que acaece es de por sí desgraciado, o bien porque para nosotros, como sujetos sensoriales, así lo percibimos. La paradoja que me inquieta, en cambio, no consiste en el hecho del sufrimiento en sí, sino, más bien al contrario, la capacidad de encontrar formas de satisfacción dentro de los momentos adversos.

En los tiempos que vivimos, pocas personas han experimentado situaciones de confinamiento forzoso como la que de manera universal padecemos hoy a consecuencia de la pandemia desatada por el coronavirus denominado Covid-19. Y, si alguien ha vivido algo similar, podemos imaginar que ha sido por circunstancias particulares, como por ejemplo por condena penal, por epidemia local, por falta de salud individual. Pero, desde luego, no existe en la memoria colectiva de las generaciones vivas un escenario en que las sociedades a lo largo de todo el planeta se vieron confinadas en parcelas de geografía estrechas en el afán común de acabar con la pandemia declarada. Es, sin duda, otro de los descubrimientos experienciales de las sociedades de hoy. Probablemente, el que más haya de influenciar en los patrones de definición y comportamiento de cada sociedad, y del conjunto de sociedades que se miran en el espejo del fenómeno que hemos venido en calificar de “globalización”.

De tal manera que todos hemos abierto los ojos a un fenómeno sin precedentes, y, por tanto, sin referencias de las que tomar lecciones rápidas en que fundar nuestras actitudes. Podríamos decir que nos encontramos en estado “virgen” respecto de las decisiones sobre qué podemos hacer para salir del paso. Algo así como el pintor que se encara ante un gran lienzo blanco, sin bocetos previos, y lanza pinceladas de color esperanzado de conseguir una obra de arte. Así estamos en estos momentos, perfilando nuestra táctica de protección y combate mientras aprendemos de los aciertos y fallos que, como las pinceladas del pintor de nuestra imagen, se producen irremediablemente. En nuestro confinamiento pandémico las pinceladas de color se miden con alborotadas estadísticas de muertes, contagios, curaciones y añadimos las a veces jocosas anécdotas de detenciones policiales de ciudadanos ingeniando fórmulas de burlar su deber de confinamiento. Tan frecuentes, me atrevería a denominarlas de histéricas, son las cascadas de noticias y cifras que el público, confinado y destinado más que nunca al bombardeo informativo, llega a adoptar actitudes de sala de apuestas. Asumo que mi afirmación puede resultar frívola para quien se ha enfrentado directamente con las consecuencias funestas de la epidemia. Pero, porque es una porción muy reducida del cuerpo social, afortunadamente, dirijo mis reflexiones a la gran masa de población que experimenta la pandemia desde la atalaya de sus casas. Por supuesto, portadores de la ansiedad que produce la limitación de movimientos, pero, cada día, observando la evolución de los hechos a través de cualquiera de las abundantes pantallas informativas.

En esta escena dramática, estamos dedicados a una labor de mantenimiento básico, aunque muy sofisticado. Nos dedicamos a abastecer nuestra despensa de los medios mínimos de subsistencia, incluso por exceso. Dedicamos energía, en muchos casos también sin precedentes, a abastecer emocionalmente el universo reducido de nuestro confinamiento. Y nos aventuramos a la recuperación de la máquina de nuestras aficiones vocacionales y pasionales, oxidada en el desván de nuestra vida habitual. En resumen, es tiempo de labores de mantenimiento básico, de espera y observación. Observación exterior del griterío de la sala de juego, y observación interior desde el silencio recuperado a fuerza de lapsos de tiempo sin planificar. Los noticieros galopan nuevas cifras en lo que bien se asemeja a un sorteo de fortuna e infortunio. Nos llueve la excelente noticia de que el número terrible de individuos que fallecieron en las últimas veinticuatro horas se ha reducido, también el número de miles de nuevos infectados es inferior en algunos cientos. La tragedia se reviste de optimismo frente a un público de rostros anónimos qua lo aplaude y se llena de energía para hacer de su lamentable confinamiento una oportunidad de “redescubrirse”.

A mí personalmente me fascina este fenómeno. Se me antoja pensar que no en balde el animal Sapiens domina la vida sobre la Tierra. Lo tiene ganado con mérito, tal vez para desgracia de otros seres vivos. La Tierra se ha conformado a nuestra estatura, y somos quienes, conscientemente o no, determinaremos su desastre final. Es tan poderosa nuestra capacidad de recomponer las piezas sueltas de nuestra destrucción y darles nuevo sentido que cualquiera podría convencerse de que somos indestructibles. Al menos, hasta que decidamos que es el momento de intentarlo en serio, y algunos pasos ya los hemos dado. Cada domicilio hoy es un pequeño laboratorio de pruebas sobre lo que la sociedad global resultante de la pandemia podría aparentar. Discretas actuaciones individuales y grupales, la táctica imbatible de prueba y error, todas expresiones valiosas de lo que estamos dispuestos a empezar a ser o a seguir siendo. La energía del vivir activada con fuerza desde el centro mismo de la adversidad. Y esa pelea investigadora, experimental, salta por encima de cualquier suerte de desgracia, y por encima de todas la de la muerte, para reafirmarse con júbilo y esperanza.

Todo lo que se vive se graba en la memoria como un registro de aprendizaje, que no condiciona el futuro, pero que procura advertir a ese futuro en la mecánica de convertirse en presente, esto es en el arte de vivir. ¿Qué habremos aprendido en el ciclo completo de esta pandemia? ¿Qué estaremos dispuestos a cambiar en nuestras rutinas? ¿Acaso escucharemos el registro de nuestras voces mientras estuvimos en disciplinado confinamiento? El dolor y el gozo serán experiencias pasadas. El recuerdo aportará sus habituales distorsiones teatralizadas y será, finalmente, material hereditario, quizás en parte genético, que dejaremos servido en las estanterías de la biblioteca de los ciclos humanos. Pero alguien, espero que miles de millones de ciudadanos, harán buen uso de esa herencia, aunque sólo sea porque en medio de la desgracia y el dolor sus mayores encontraron un espacio para el gozo que pudiera serles transmitido como legado.

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Feliciano González

Feliciano González

Mi creación artística gira entorno a la pintura, la poesía y la novela.

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